Frases

¿Cómo te gustaría que te sorprendiese la muerte? En lo que a mí respecta, yo quisiera que me sorprendiese ocupado en algo grande y generoso, en algo digno de un hombre y útil a los demás; no me importaría tampoco que me sorprendiese ocupado en corregirme y atento a mis deberes, con el objeto de poder levantar hacia el cielo mis manos puras y decir a los dioses: “He procurado no deshonraros ni descuidar aquellas facultades que me disteis para que pudiera conoceros y serviros. Éste es el uso que he hecho de mis sentidos y de mi inteligencia []

Epícteto



viernes, 13 de enero de 2012

¿Existe vida después de la muerte?

¿Existe vida después de la muerte?
 
 
A continuación expondré las opiniones de dos grandes colosos de los estudios de las ECM (Experiencias cercanas a la muerte), como lo han sido el doctor RaymondMoody, Jr. y la doctora Elizabeth Kübler-Ross. Estos razonamientos se encuentran sustentados en una serie de estudios en personas que han fallecido clínicamente, pero que después de varios minutos de haber sido declarados muertos han sido revividos con intervención médica o simplemente han vuelto de forma espontánea cuando ya se creía que no había nada más que hacer, pero lo interesante es que han regresado para relatarnos sus increíbles y esperanzadoras historias. Por eso es completamente falso un dicho que se repite con frecuencia de que nadie ha vuelto de la muerte para relatarnos lo que han visto. Pues, como lo aseveran estos investigadores, sí lo han hecho y sus relatos han dado pie para realizar múltiples investigaciones y extraer conclusiones prácticamente irrefutables sobre la existencia del alma después de la muerte.
A pesar de que las experiencias de estas personas suelen tener sus características muy particulares, pueden establecerse semejanzas que van manejarse como un denominador común en la mayoría de los casos estudiados.
El doctor Raymond Moody nos explica en su libro Vida después de la vida una secuencia característica al momento del deceso o del tránsito hacia el mundo de los desencarnados:
Un hombre está muriendo y, cuando llega al punto de mayor agotamiento o dolor físico, oye que su doctor lo declara muerto. Comienza a escuchar un ruido desagradable, un zumbido chillón, y al mismo tiempo siente que se mueve rápidamente por un túnel largo y oscuro. A continuación se encuentra de repente fuera de su cuerpo físico, pero todavía en el entorno inmediato, viendo su cuerpo desde fuera, como un espectador. Desde esa posición ventajosa observa un intento de resucitarlo y se encuentra en un estado de excitación nerviosa.
Al rato se sosiega y se empieza a acostumbrar a su extraña condición. Se da cuenta que sigue teniendo un cuerpo, aunque es de diferente naturaleza y tiene unos poderes distintos a los del cuerpo físico que ha dejado atrás. En seguida empieza a ocurrir algo. Otros vienen a recibirle y ayudarle. Ve los espíritus de parientes y amigos que ya habían muerto y aparece ante él un espíritu amoroso y cordial que nunca antes había visto (un ser luminoso). Este ser sin lenguaje, le pide que evalúe su vida y le ayuda mostrándole una panorámica instantánea de los acontecimientos más importantes. En determinado momento se encuentra aproximándose a una especie de barrera o frontera que parece representar el límite entre la vida terrena y la otra. Descubre que debe regresar a la Tierra, que el momento de su muerte no ha llegado todavía. Se resiste, pues ha empezado a acostumbrarse a las experiencias de la otra vida y no quiere regresar. Está inundado de intensos sentimientos de alegría, amor y paz. A pesar de su actitud, se reúne con su cuerpo físico y vive.
La doctora Elizabeth Kübler-Ross también narra en su libro La muerte: un amanecer una exposición donde agrupa factores comunes que narran estas personas en sus experiencias en el umbral de la muerte:
En el momento de la muerte vivimos la total separación de nuestro verdadero yo inmortal de su casa temporal, es decir del cuerpo físico. Este yo inmortal es llamado también alma o entidad. Si nos expresamos simbólicamente, como lo hacemos con los niños, podríamos comparar este yo liberado, del cuerpo terrestre, con la mariposa que ha abandonado su capullo de seda. Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nos damos cuenta de que no sentimos ya ni pánico ni miedo ni ansiedad. Nos percibimos nosotros como una entidad física integral. Siempre tenemos conciencia del lugar de la muerte, ya se trate de la habitación donde transcurrió la enfermedad, de nuestro propio dormitorio en el que tuvimos el infarto o del lugar del accidente de automóvil o avión. Reconocemos muy claramente a las personas que forman parte de un equipo de reanimación o de un grupo que intenta sacar los restos de un cuerpo del coche accidentado. Estamos capacitados para mirar todo esto a una distancia de metros sin que nuestro estado mental esté verdaderamente implicado. Permitidme que hable de estado mental, aunque en la mayoría de los casos ya no estamos unidos a nuestro aparato de reflexión física o cerebro en funcionamiento.
Estas experiencias tienen lugar, a menudo, en el momento mismo en que las ondas cerebrales no pueden ser medidas para poder probar el funcionamiento del cerebro, o cuando los médicos no pueden  ya comprobar el menor signo de vida.
En el momento en que asistimos a nuestra propia muerte, oímos discusiones de las personas presentes, notamos sus particularidades, vemos sus ropas y conocemos sus pensamientos, sin que por ello sintamos una impresión negativa.
El cuerpo que ocupamos pasajeramente en ese momento, y que percibimos como tal, no es el cuerpo físico sino el cuerpo etérico. […] Si nos hubiese sido amputada una pierna, dispondremos de nuevo de nuestras dos piernas. Si fuimos sordomudos, podremos de nuevo oír, hablar y cantar. Si una esclerosis en placas nos clava en la silla de ruedas con trastornos en la vista, con problemas del lenguaje y parálisis en las piernas, podremos cantar y bailar.
Es comprensible que en muchos de nuestros enfermos reanimados con éxito no siempre agradezcan que su mariposa haya sido obligada a volver a la crisálida, puesto que con la vuelta a nuestras funciones físicas debemos aceptar de nuevo los dolores y las limitaciones que le son propias, mientras que en nuestro cuerpo etérico estábamos más allá de todo dolor y limitación.
Como se puede observar en ambos relatos, después de que al paciente se ha haber declarado clínicamente muerto su alma sale del cuerpo y se siente vivo, se pudiera aseverar que hasta más vivo que antes y con sus sentidos más claros. Son muchos los casos en que los ciegos logran describir las vestimentas de los médicos y el aparataje que utilizaron para tratar de revivirlos. También existen evidencias de personas que dicen haber visto a familiares o amigos que habían muerto recientemente pero que ellos no estaban informados de su defunción.
Otro factor importante es que, en la mayoría de los casos, estas personas no quieren regresar a su cuerpo físico porque en el lugar en se encuentran se sienten traspasados por una intensa experiencia de amor, que no pueden explicar con palabras terrenales; además se sienten libres de dolencias y con un cuerpo energético más perfecto y ligero que el que tenían en vida.
            En sí, son demasiado los relatos sobre estas experiencias en el umbral de la muerte para atreverse a negar su veracidad; más bien se convierte en una brecha muy grande para que un buen grupo de investigadores se incorpore a experimentar sobre esta frontera que divide la vida presente de la próxima.

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